viernes, 30 de marzo de 2012

La incomprensible realidad del gusto y su esclavitud


Oskar Kokoschka, Autorretrato con muñeca, 1922. 

En la historia de la humanidad, la lucha por la libertad ha sido una constante. El hombre tiende a sentir aversión en contra de las fuerzas opresoras. Existe la necesidad  de sentirse libre. El hombre de sociedad está atado a mermadores, o si se prefiere, reguladores de su libertad. Su autonomía depende de otros factores superiores a él. A pesar de ello, piensa que es libre de tomar sus propias decisiones.

            El libre albedrío es un sosiego ante tantas ataduras. Elegir nuestras acciones indica independencia, demuestra que somos dueños de nuestra vida. Así, dentro de la mente existe un espacio en donde se hace nuestra voluntad, pero incluso ahí, la libertad es limitada. 

           ¿Por qué nos agrada un sabor más qué otro? ¿Por qué preferimos unos ritmos y a otros los aborrecemos? ¿Por qué no tenemos injerencia alguna en las cuestiones anteriores? El gusto se construye, se podría decir en un sentido artístico, pero esto sólo aplica cuando hay instrucción sobre las cualidades de un cuadro, de una pieza musical, los valores estéticos o valoraciones entre el bien y el mal. Cuando se habla de gustos no intelectuales, la compresión de su sentido no tiene cabida.

             Se podría decir que alguien es libre cuando hace lo que le gusta. Sin embargo, los gustos dependen de factores biológicos, así como sociales. No son cuestión de libre albedrio, no se puede regir sobre ellos. En otras palabras, nadie puede decidir si le gusta algo o alguien.

          Si pudiéramos elegir lo que nos agrada, las cosas serían más sencillas. Comeríamos y beberíamos de todo, no existirían los gustos culposos, no habría heridos del corazón. Las relaciones amorosas serían más simples. Si le gustamos a alguien, podríamos elegir gustarle también. Si nos gusta alguien que no queremos, elegiríamos no sentir atracción. En cambio, hay ocasiones en las que no entendemos por qué nos gusta una persona, sólo sentimos la incomprensible necesidad de estar con ella. Por más que estemos al tanto de sus defectos, de su inconveniencia, poco podemos hacer para desencantarnos. Estamos atrapados. No somos libres.     

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