Improvisación 1. Lirn, 2012
Asistía a una clase en la FCPyS llamada Sociología y Cine. El profesor llegaba directamente a escribir en el pizarrón la información de su cátedra. Por ello, la clase empezaba unos veinte minutos tarde, en lo que los alumnos "copiábamos" lo escrito. Karen, una querida amiga, era compañera en ese curso. Cada jueves le dejaban la tarea de hacer un relato para una clase que tomaba en la tarde. A veces llegaba con poca inspiración y pedía por mi ayuda. Con mucho gusto imaginaba historias posibles para su asignación, cuando a ella le agradaba una, la escribía y se ponía a trabajar en la narración.
Sus tareas siempre tenían lineamientos específicos. Un día, éstos eran: "La historia debe incluir un pedazo de pan, una navaja y una cobija roja". En lo que comenzaba nuestra clase, agarré un pedazo de papel y me puse a escribir. Como resultado nació el boceto del relato que leerán a continuación.
Inspiración
La tarea consta de
realizar un cuento donde incluyan los siguientes elementos: Un pedazo de pan,
una navaja y una cobija roja.
El celular vibró sobre el pequeño buró. La oscilación le
arrojó a la alfombra, donde continuó vibrando hasta que le levanté. En la
pantalla se leía el mensaje de texto enviado por mi compañera de clase. Tenía
poco tiempo (y aún menos inspiración)
para realizar aquel relato.
Llevaba más
de una hora sentada frente a la pantalla en blanco de mi computadora.
Únicamente había escrito mi nombre y la fecha de ese día. Jugueteaba con el
puntero. Recorría minuciosamente cada zona
de la hoja digital; primero despacio, después aceleré progresivamente
hasta ver cien flechas revoloteando por toda la pantalla. Mi éxtasis murió
cuando el ratón salió disparado contra la pared. De las cien flechas sólo quedó una.
Ninguna musa se acercaba.
Decidí salir de mi cuarto en
busca de estímulos para mi mente. Recorrería
la casa completamente, algo debía haber que despertará mi imaginación. Entré a
la cocina; nada inusual, la misma parafernalia cotidiana: cuchillos, cucharas,
platos, vasos… En la mesa resaltaban dos copas, una vacía, otra a medio llenar,
junto a una botella de vino tinto. Permanecieron intactas por cinco días, desde
la última cena que tuve con mi novio. No así, la hogaza de pan que horneé para
él, ahora mohosa, dura, rancia.
Ni una idea se iluminó.
Bebí un vaso con agua, después otro, luego otro… Bebí
compulsivamente seis vasos de agua. Para cuando terminé el último, la madrugada
ya se había apoderado de la noche. Me
trasladé a la sala, le di vueltas unas tres veces y cuando me aburrí, me senté
en el sillón. Nada en la casa me motivaba. No dormiría esa noche, estaba
consciente de ello, en unas horas partiría hacia la Facultad.
La
infructuosa búsqueda me llevó de vuelta a mi habitación. Apenas me senté en el
discreto escritorio de olmo, tuve que levantarme para ir al baño. Entré. Dejé
correr el agua del lavabo, siempre he encontrado una sensación tranquilizadora
en el sonido producido por el vital líquido al chochar contra la porcelana. Me
ensimismé gracias a la melodiosa paz causada por la pequeña cascada. Incluso olvidé
la fastidiosa tarea.
Cuando cerré la llave, la
realidad me golpeó con tal fuerza que me hizo dirigir la mirada a la navaja
puesta encima del lavadero. Estaba reluciente, aunque ya tenía ahí cinco días,
casi seis. Podía ver mi reflejo distorsionado en su hoja cóncava, misma que
limpié ardua e intensamente. Las cicatrices en mis dedos son prueba de ello. Pensé
en quitarla, esconderla, pero que se exhiba así, sin ninguna precaución,
demuestra que no tengo nada que temer, además, siempre existe algo de excitación
en presentar tan orgullosamente la herramienta usada para realizar una hazaña.
La inspiración aún no
llegaba.
Estaba a
punto de amanecer. Si escribir un cuento en una hora era difícil, sería
imposible hacerlo sin una idea. Nada. Mi mente estaba totalmente en
blanco. Sentí frío, el fresco propio de
las mañanas otoñales. Decidí ir por una cobija. Me cubriría hasta el momento de
alistarme para la cotidianeidad. Abrí el ropero. Quité algunas gabardinas,
suéteres y otras ropas. Atrás de ellas se encontraba mi cobija, oculta a pesar
de su color llamativo. Envolvía aquél bulto inerte. Tomé ese cobertor amarillo
teñido de rojo y dormí unos minutos.
La inspiración jamás
llegó.
Lirn.

Muy bien esa "falta de inspiración" de la que hablas en la historia, no fue así al escribir!! aprobadaaaa!! =)
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